Arquitectura y Humanidades

Recomendaciones para la presentación de artículos y/o ensayos.

__________________________________

"Ciudad Escrita"

Juan Villoro

juanvilloro@gmail.com

En 2010 sobreviví en Santiago de Chile a uno de los terremotos más violentos de la Tierra. Hasta ese momento me intrigaba que en sus Odas elementales Pablo Neruda hubiera dedicado versos al edificio. Es comprensible que un poeta celebre la cebolla, el aire, la esperanza o la flor azul. Las construcciones de cemento me parecían menos dignas de inspiración. Sin embargo, después de la sacudida de 8.8 en la escala de Mercalli, bajé del séptimo piso donde dormía y ya en la calle contemplé la estructura mancillada pero resistente donde nos habíamos salvado. Entendí que Neruda hubiera escrito:

El hombre separará la luz de las tinieblas
y así
como venció su orgullo vano
e implantó su sistema
para que se elevara el edificio
seguirá construyendo
la rosa colectiva,
reunirá en la tierra
el material huraño de la dicha
y con razón y acero
irá creciendo
el edificio de todos los hombres.

Esa experiencia radical me hizo pensar en los temblores de la Ciudad de México, donde la arquitectura es un arte de la supervivencia que aspira a la belleza a condición de que el techo no se venga abajo. Pasé por un primer sismo en 1957, cuando el Ángel se desplomó en Paseo de la Reforma. Desde entonces he atestiguado muchos otros sobresaltos. Mi sola presencia en esta sala revela que los arquitectos mexicanos han sabido sobreponerse a los arrebatos de la tierra. De un modo elemental, agradezco que los ladrillos sigan en su sitio. No es un milagro menor que en este territorio incierto hayan prosperado los espacios místicos de Luis Barragán, las unidades habitacionales de Mario Pani, los edificios públicos de Teodoro González de León y las vertiginosas escenografías de Alberto Kalach.

Hoy, la Academia Nacional de Arquitectura tiene la generosidad de incorporarme en calidad de miembro honorario sin someterme a examen. Hubiera querido dominar los usos de la regla T, instrumento de la caballería andante que lucha con la geometría, pero tuve que conformarme con la escritura.

El gusto de asociarme en forma simbólica con un oficio que admiro se agranda por hacerlo en compañía de mi admirado maestro Eduardo Matos Moctezuma, custodio del Templo Mayor que descifra el idioma de las piedras antiguas.

La arquitectura y el urbanismo me han interesado desde mi propio campo, la literatura. No soy el único que ha cedido a esta fascinación. Hace exactamente un siglo, en 1922, se publicaron obras capitales que transformaron para siempre la cultura: La tierra baldía, de T. S. Eliot, Ulises, de James Joyce, y Trilce, de César Vallejo. De manera emblemática, en ese annus mirabilis Latinoamérica se estremeció de norte a sur con dos movimientos marcados por la cultura urbana: el estridentismo mexicano y el modernismo brasileño. Si Amado Nervo había encomiado los melancólicos Jardines interiores, en 1922 Manuel Maples Arce elevó sus Andamios interiores. Esas páginas exaltan “la ciudad insurrecta de anuncios luminosos” y el “pentagrama eléctrico de todos los tejados”. Jorge Luis Borges reseñó el libro en la revista Proa, señalando que el vanguardista mexicano se servía de un “diccionario amotinado”, “un acopio vehemente de tranvías, ventiladores, arcos voltaicos y otros cachivaches jadeantes”. Para el joven Borges, ese “raudal de imágenes… resaltará como vivísima muestra del nuevo modo de escribir”.

En efecto, poco después, Maples Arce publicó Urbe, que gracias a John Dos Passos se convirtió en el primer libro de poesía mexicana traducido al inglés. Por su parte, también en 1922 Mário da Andrade dedicó a su ciudad, Sao Paulo, una Paulicea desvariada en la que festeja a “una mujer hecha de asfalto”, el “trepidar de los taxis perturbados” y los tranvías que “se bambolean como un fuego de artificio” (en la traducción de Rafael Toriz).

Celebramos, pues, un siglo de literatura urbana en América Latina. Los estridentistas coincidían con el futurista italiano Marinetti en la idea de que un coche que avanza a toda velocidad es más hermoso que la Victoria de Samotracia. Esta apasionada defensa de las novedades urbanas fue puesta en duda por casi todos los escritores posteriores. José Emilio Pacheco, riguroso guardián del escepticismo, comentó al respecto en su columna Inventario del 6 de julio de 1981: “La ciudad en la que brotó el estridentismo es la más ruidosa y congestionada del mundo, y hoy nadie se explica cómo los jóvenes de 1920 pudieron hacer poemas a los automóviles o a las chimeneas de las fábricas”.

La ciudad se ha degradado aún más desde que Pacheco escribió esas líneas, y la exaltación de los estridentistas se convirtió en una forma de la nostalgia: los telégrafos y los tranvías ya sólo existen en sus versos.

En 1958, en La región más transparente, Carlos Fuentes hizo un retrato totalizador de la capital y se refirió sin miramientos al fracaso de la Revolución mexicana y a la deshumanización de la metrópoli. Sin embargo, a pesar de su visión crítica, la novela exalta la grandeza de su escenario. En el tramo final, Fuentes eleva una elegía en la que la enumeración de las colonias alcanza rango épico. Describir el mapa equivalía entonces a fundarlo. La narrativa tenía un apetito cartográfico que rivalizaba con la célebre Guía Roji. Hoy en día la narrativa se concentra más en los detalles de las calles inconmensurables que en el paisaje de conjunto y sería necesaria una asamblea de escritores para captar las muchas ciudades que llamamos “México”.
“La ciudad se sitúa en la confluencia de la naturaleza y el artificio”, escribió Claude Lévi-Strauss. No hay duda de que nuestra capital ha abusado de la destrucción de la naturaleza. Primero desapareció el lago, luego el cielo.

En este territorio inhóspito, los arquitectos no han dejado de dialogar con el espacio ni los escritores de narrarlo. El protagonista de mi novela Materia dispuesta, Jesús Guardiola, es un arquitecto que debe su apellido, no al célebre entrenador catalán, sino al emblemático edificio que se alza frente a Bellas Artes. Pertenece a la escuela nacionalista y no es ajeno a la retórica del poder. En forma irónica, la novela explora las apropiaciones políticas y culturales del legado de Barragán.

Son muchos los textos que se ocupan de nuestro laberinto urbano; baste mencionar Palinuro de México, de Fernando del Paso, Lotes baldíos, de Fabio Morábito, o Gente de ciudad, de Guillermo Samperio. Uno de los casos más recientes es el de Nicolás Cabral, nacido en 1975. Su novela Catálogo de formas parte de la figura de Juan O’ Gorman para abordar los desafíos, los logros y los delirios de la arquitectura.

Construir en la Ciudad de México es no sólo un acto de supervivencia sino de civilización. En un doble sentido se trata de una tarea edificante. Pero no todas las construcciones cumplen con este propósito. Cada predio desocupado se abre a dos opciones encontradas, la de los arquitectos que “hacen ciudad” y la de los especuladores inmobiliarios. Como ha señalado Rem Koolhaas, además de rediseñar el espacio, el genuino arquitecto está obligado a preguntarse cuánta fealdad soporta una ciudad, y a luchar contra esa aberración.

En un texto mil veces citado, Borges cuenta la historia de Droctulft, un bárbaro del sigo VI, procedente de las estepas de Europa oriental, que llega a destruir la ciudad italiana de Ravena. Antes del combate, el guerrero decide recorrer el espacio que pretende aniquilar. Ve balaustradas, plazas, escalinatas, terrazas, columnas y balcones. Ignora a qué propósito sirven esas piedras, pero se sabe inferior a ellas. Educado por la ciudad, decide cambiar de bando y muere en su defensa. Borges señala que no se trata de un traidor sino de un converso. La más alta lección que puede ofrecer la arquitectura es la de civilizar a sus usuarios.

Siguiendo esta idea, los 28 ciudadanos que escribimos el borrador de la Constitución de la Ciudad de México comenzamos nuestro trabajo con una pregunta esencial: ¿quién califica como habitante de la capital? Resolvimos que cualquier persona, por la sola circunstancia de estar aquí, es digna de sus derechos. La ciudad debe ser entendida como el misterioso artificio que nos vuelve superiores, la “rosa colectiva” a la que se refería Pablo Neruda.

Concluyo con otra visión de los terremotos. La lealtad se expresa mejor en las caídas que en los triunfos. Es fácil estar orgulloso de las avenidas, los parques o los monumentos de una urbe. Pero la verdadera noción de pertenencia es otra. Poco después del sismo de 2017 reuní en mi libro El vértigo horizontal textos sobre la ciudad escritos a lo largo de 25 años. El último de ellos es una letanía que comienza con esta frase: “Eres del lugar donde recoges la basura”. Después de los sismos de 1985 y 2017, los chilangos entendimos que la ciudad era nuestra porque nos hicimos cargo de sus desperdicios.

Loados sean los arquitectos que edifican con el lenguaje de las piedras y los ciudadanos que están dispuestos a recogerlas.

Muchas gracias.

 

                                 Ciudad de México, a 4 de agosto de 2022